Nutrición: La dieta mediterránea suplementada con nueces reduce en un 30% los eventos cardiovasculares

“Seguir una dieta mediterránea tradicional suplementada con aceite de oliva virgen extra y frutos secos reduce en un 30% la incidencia de complicaciones cardiovasculares (muerte de causa cardiovascular, infarto de miocardio y accidente vascular cerebral), algo que muchos fármacos no consiguen”. Ésta es, en palabras del doctor Ramón Estruch, la principal conclusión arrojada por el estudio PREDIMED (acrónimo de la investigación 'Efectos de la dieta mediterránea en la prevención primaria de la enfermedad cardiovascular'), cuyos resultados acaban de publicarse en The New England Journal of Medicine.

Estruch, coordinador general del estudio y miembro del Hospital Clinic de Barcelona, señaló que “para la ciencia española supone un gran hito publicar en esta revista un estudio de esta magnitud y que seguramente traerá muchas repercusiones positivas en la práctica clínica dirigida a la prevención de enfermedades cardiovasculares”.

En el estudio, de 10 años de duración, participaron un total de 7.447 voluntarios, hombres y mujeres de entre 55 y 80 años de edad que tenían un alto riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares pero que no las habían desarrollado en el momento de entrar en el estudio y a los que se asignó 3 dietas al azar: dos de ellas eran mediterráneas, ricas en grasa vegetal, una suplementada con aceite de oliva virgen extra y otra con frutos secos, mientras que al tercer grupo se le asignó una dieta convencional baja en todo tipo de grasas, recomendada para la prevención cardiovascular.

Durante el estudio, a los asignados a las dos dietas mediterráneas se les entregó un litro semanal de aceite de oliva virgen extra o 30 gramos diarios de frutos secos (nueces, avellanas y almendras). “Los datos obtenidos ponen de manifiesto el papel cardioprotector tanto del aceite de oliva virgen extra (mucho más saludable que el refinado) como de los frutos secos, cuyo consumo aumenta los niveles de ácido linolénico plasmático. Concretamente en el caso de las nueces, es muy significativo su efecto sobre el riesgo de ictus, reduciéndolo en un 49% en comparación con una dieta baja en grasas”, explicó el coordinador del estudio.

Respecto al valor calórico de los dos alimentos con los que se suplementaba la dieta mediterránea en esta investigación, Ramón Estruch señaló que “se ha podido comprobar que pacientes con obesidad que habían incorporado aceite de oliva y frutos secos en su dieta perdían peso y también reducían centímetros de cintura. Estamos analizando este aspecto y todo apunta a que puede que se deba a que estos nutrientes facilitan la absorción intestinal o producen cambios en la termogénesis del metabolismo, pero se trata de cuestiones que están actualmente en estudio”.

El doctor Estruch destacó también la necesidad de fomentar este tipo de alimentación. “En España, siendo un país mediterráneo, estamos perdiendo la dieta característica, de ahí la necesidad de volver a nuestros orígenes aumentando el consumo de pescado, dando preferencia a las carnes blancas y optando por los lácteos desnatados, por ejemplo”.

Por su parte, la secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación, Carmen Vela, comentó que la importante financiación con la que ha contado este estudio (casi 8 millones de euros) ha valido la pena por el impacto de sus resultados tanto sobre la salud como desde el punto de vista económico y social. “Además, supone un excelente ejemplo de cómo hay que hacer las cosas en el sentido de la colaboración y la unión de esfuerzos entre distintas entidades y empresas”.

Durante la presentación de estos resultados se anunció la puesta en marcha de la siguiente fase de este estudio, PREDIMED II, cuyas líneas de trabajo explicó el doctor Estruch: “se va a analizar la intervención con dieta mediterránea hipocalórica añadiendo terapia conductual y actividad física para ver su incidencia no sólo cardiovascular sino también sobre la obesidad, una de las lacras que tenemos que combatir actualmente”.



The New England Journal of Medicine (2013); doi: 10.1056/NEJMoa1200303


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